Asombrosa inconsciencia de la humanidad (II)

A fines de 1958, los Estados Unidos y la Unión Soviética estaban de acuerdo con una Moratoria de Prohibición de Pruebas Nucleares, no obstante, sus arsenales seguían creciendo. La carrera armamentista, en lo que a bombas atómicas se refiere, fue desacelerada, no por absurda, sino por la imposibilidad práctica de realización de pruebas nucleares.

por Juan Vernieri

El 10 de julio de 1961, Nikita Khrushchev, líder de la URSS, convocó a los científicos nucleares al Kremlin, donde les contó su plan de reanudar las pruebas ese otoño. Andrei Sakharov, eminente físico nuclear soviético, socialista y activista en favor de los derechos humanos y las libertades democráticas que sería galardonado en 1975 con el Premio Nobel de la Paz, argumentó que no era necesario realizar más pruebas; Khrushchev se puso furioso por su impertinencia y le espetó: “Sájarov, no intentes decirnos qué hacer o cómo comportarnos. Entendemos la política. ¡Sería una medusa y no un presidente del Consejo de Ministros si escuchara a personas como Sajarov!. Khrushchev pidió a los científicos propuestas para pruebas futuras, y alguien sugirió construir y detonar una bomba de 100 megatones. Khrushchev aprovechó la idea y, según los informes, anunció: ¡Que la bomba de 100 megatones cuelgue sobre los capitalistas como una espada de Damocles!.

Fue entonces que tres meses después, el 30 de octubre de 1961, un bombardero soviético arrojó la experimental Tsar bomba, sobre la gélida isla ártica de Novaya Zemlya. Una bomba monstruosa de 27 toneladas de solo 50 megatones, fue detonada en aquel polígono de pruebas. Por lo menos 3.300 veces más poderosa que la bomba atómica que mató al menos a 70.000 personas en Hiroshima, y más de 40 veces más poderosa que la bomba nuclear más grande del arsenal de Estados Unidos.

¡PAVOR MUNDIAL! Objeto de infamia, imprudencia, horror y espanto. La humanidad ¡aterrada!

Entre otros motivos, a consecuencia de esta bomba, cuyos efectos alcanzaron una altura de 70 kms. y un diámetro de unas 100 kms., fue que las grandes potencias atómicas presintieron que así, la humanidad no podía seguir. Dos años después, la Unión Soviética y los Estados Unidos firmaron y ratificaron el Tratado de Prohibición Limitada de Pruebas, que prohíbe los ensayos de armas nucleares atmosféricas, y la bomba Tsar, caería en una relativa oscuridad.

La Tsar Bomba fue potente ejemplo de cómo el nacionalismo, el miedo y la alta tecnología pueden combinarse de una manera peligrosa, descabellada, derrochadora y sin sentido. Era la GUERRA FRÍA.

Ya en octubre de 1944 los investigadores norteamericanos de Los Álamos, Nuevo México, habían efectuado cálculos sobre bombas de fusión de 100 megatones, encendidas por fisión: LA BOMBA DE HIDRÓGENO. En noviembre de 1952 se probó un dispositivo de prueba, que logró un rendimiento explosivo de 10 megatones. Una versión más compacta y armada se detonó en marzo de 1954 en la prueba de Castle Bravo, logrando un rendimiento mucho mayor de lo previsto, 15 megatones, 1.000 veces más potente que la bomba lanzada sobre Hiroshima. Sorprendió a los científicos con más cantidad de lluvia radiactiva de la esperada, y zona alcanzada mayor que requirió la evacuación de atolones ocupados de las Islas Marshall.

El científico norteamericano, Edward Teller, en su laboratorio de Livermore, estaba trabajando en dos nuevos diseños de armas. Una sería de 1.000 megatones y se utilizaría como primario para activar otra de 10.000 megatones, ¡una verdadera locura! Por suerte Teller se retiró. Otros científicos estaban conmocionados por su propuesta. “Contaminaría la Tierra”, sugirió uno. En Livermore se continuó trabajando durante varios años en esas bombas. Se había planeado preparar un prototipo en 1956, pero afortunadamente la prueba nunca se llevó a cabo. La paranoia de fabricar bombas de hidrógeno en el rango de rendimiento de cientos de megatones no era inusual a fines de la década de 1950.

Es difícil definir cuál sería el daño de una bomba así, porque a tales rendimientos muchas leyes de escala tradicionales no funcionan. Un estudio de 1963 sugirió que, si se detona a 45 kilómetros sobre la superficie de la Tierra, un arma de 10,000 megatones podría provocar incendios en un área de 800 kilómetros de diámetro. Es decir, un área del tamaño de Francia. (Arrojada en el norte de la provincia de Buenos Aires liquidaría totalmente a ésta, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y la Pampa).

El espionaje de la Unión Soviética había detectado el primer esfuerzo termonuclear estadounidense. En la primavera de 1954, Andrei Sakharov, Yakov Zeldovich y Yuri Trutnev, junto con otros físicos soviéticos, desarrollaron su propia versión de un arma termonuclear de potencia superior a los 100 MT. Las dimensiones físicas de la bomba serían gigantescas: pesaría más de 25 toneladas, con una longitud de 8 metros y un diámetro de más de 1,8 metros. En el otoño de 1956 tenían la bomba lista para ser probada, sin embargo, la incertidumbre acerca de los posibles efectos de un arma tan grande, y la incapacidad de los científicos para predecir de manera confiable las condiciones meteorológicas que afectarían tanto la distancia del efecto de la explosión como las consecuencias, llevaron a los funcionarios soviéticos a recapacitar, y posponer la prueba hasta que se pudieran realizar estudios adicionales. El último día de 1956 falleció el general Zavenyagin, principal impulsor de la gigantesca bomba soviética y, con él, aparentemente también murió ella. Convencido que por sus características era materialmente imposible construir una bomba así, el gobierno soviético, en 1958, decidió desmantelar y reciclar todas las piezas. No obstante, ese año la URSS llevó a cabo al menos 15 experimentos con potentes armas termonucleares en el Polígono de Novaya Zemlya.

Una explosión de 100 megatones es solo un poco más del doble de dañina que una bomba de 10 megatones, este principal argumento fue, entre otros, como los costos, la dificultad de transportar semejantes monstruos, efectuar la prueba, etc. y no lo disparatado de la idea, como la radiación restante ingobernable que podría seguir matando gente en todo el mundo durante cientos o miles de años, lo que significó finalmente, un freno a la carrea atómica.

No solo el desarrollo de la ciencia nuclear con objetivos bélicos es una muestra de la inconsciencia de la humanidad, también en el uso pacífico las hay, pero esa es otra historia que contaremos en alguna oportunidad, por ahora decimos NO al aumento de reactores nucleares en el país, no a la construcción ni a la compra de reactores chinos o rusos.


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